Balance 09

>> 3 ene 2010

El 2009 sirvió para aprender.
Pero aprender no como el inspirador e instantáneo '¡Eureka!' el momento en que las ideas confluyen y llegamos a una conclusión que se nos presenta como milagrosa en sí misma, sino como un proceso lento, una apertura gradual hacia la comprensión.
No creo, además, que este proceso se hiciera presente sólo en el 2009, creo que viene de antes.  Supongo que este 'darse cuenta' al que me refiero puede requerir semanas, meses, años.  En mi llevó años.
Aprendí que no soy superpoderosa, que no puedo con todo, que a veces está bueno pedir ayuda.  Y esto lo aprendí en el acto de duelo, cuando, perdida la batalla, todo se derrumbó, todo se agotó, no quedó nada...
Aprendí que la felicidad es nada más que una palabra, una palabra que tomé en algunas épocas de mi vida para examinar y que nunca mantuvo su forma. Y esto lo aprendí identificando momentos felices que nada tienen que ver unos con los otros, ni con la gente que los integra, ni con la nostalgia del recuerdo.
Aprendí que soy profundamente egoísta.  Y esto lo aprendí el día que pude ver el dolor y el amor en los ojos de la persona que más amo en el mundo, el día que pude correrme para que fuera feliz.
Aprendí que amar es también una responsabilidad, que no es gratuito y que no tiene nada que ver con el estado inicial del 'enamorarse' que puede ser una trampa o una puerta.  Y esto lo aprendí viviendo el amor como una fiebre, un necesitar al otro para respirar, un 'dame, dame, dame' constante, un fracaso rotundo.
Aprendí que el sexo está lejos de ser el foco o el eje de una relación, que no significa nada al lado de aquel otro foco de darse a conocer, de conocer, de encontrarse en otros ojos, de saberse en la otra, de que ella se sepa en mi. Y esto lo aprendí teniendo sexo sin amor y eligiendo prescindir de él.
Aprendí que son mentiras la frase de love story, la pastillita de matrix y el lavado de cerebro de eterno resplandor de una mente sin recuerdo. Y esto lo aprendí pidiendo perdón en todos los idiomas posibles y no obteniéndolo, queriendo olvidarme de todo y, claro, siendo imposible.
Aprendí, entonces, que los actos tienen consecuencias -y los no-actos también- y que hay que hacerse cargo de ellas aunque no se quiera, aunque se prefiera salir corriendo, aunque todas las células de nuestro cuerpo quieran meterse en la cama y taparse hasta la cabeza y dormir hasta que todo pase.
Aprendí que hay gente que me quiere y gente que no, que eso no siempre es directamente proporcional al propio cariño y que eso no me hace mejor o peor persona.  Y lo aprendí buscando refugio y encontrándolo en los lugares menos esperados.
Aprendí a esperar. Y esto lo aprendí cuando, sin querer y cuando yo creía que ya no podía lastimarme, pasé por la puerta de cierta oficina y tuve que contener el llanto. ¿Cuánto es el tiempo de duelo para una relación que duró menos de un año? [y para la que llevo la mitad de ese tiempo duelando].  Lo que dure, es la respuesta.

Este año que pasó, entonces, aprendí.
Sin duda es posible, además, saber algo y no saberlo, o saber algo y olvidarlo... yo aprendí y me costó. Pagué un precio muy alto por ese aprendizaje, sólo por eso vale la pena, sólo por ese precio que pagué.
Me falta mucho por aprender todavía.
El 2010 me encuentra con las defensas bajas pero en curva ascendente.

Aprendí a aprender.  Cada vez que hablábamos era como si fuésemos ratas encerradas en una jaula, dándonos todo el tiempo contra la valla electrificada, electrocutándonos.  Juntas no aprendimos, pero yo aprendí.  Por cansancio.

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