miércoles, febrero 27, 2013

Oníricamente sado

Detesto tener los ojos vendados, pero es parte del juego. Por primera vez en mi vida me metí en una situación de la que no tengo control. Por un lado me gusta y por otro me aterra. Mucho de ambos.

Conozco el lugar en el que estoy: una habitación pintada en tonos de azul y algún otro tono más intenso que no alcanzo a recordar. A mi izquierda, con el cabezal contra la pared, hay una cama enorme de bronce y con dosel. Es una especie de refugio. Es una cama que inspira todo tipo de imágenes románticas, pero, por desgracia, no hay ninguna mujer acostada ahí cual bella durmiente. La pared del fondo está cubierta de estantes llenos de libros con las tapas ajadas, como si hubieran sido leídos varias veces, como me gusta que sea. La iluminación no es eléctrica, el sol entra a través de las cortinas. Estoy parada casi en el centro de esta habitación con los ojos vendados y la precisa instrucción de no moverme.
Escucho la puerta que se abre y cierra, unas pisadas. Apenas puedo resistir la tentación de arrancarme la venda de los ojos. El corazón me late a toda velocidad y me doy cuenta de que tengo la mente en blanco.
Quiero gritar, pero el silencio también es parte del juego: "sin moverse, sin ver y sin hablar". No debe haber nada que agudice tanto el resto de los sentidos como la prohibición de usar los otros.
Se acerca. Apoya una mano sobre mi mejilla. Tiene las yemas de los dedos calientes, como si tuviera fiebre. Algo frío me toca los labios y aspiro la fragancia frutada del vino. Bebo de sus manos y casi inmediatamente siento su boca en la mía. Una descarga de alto voltaje. Ella me suelta y retrocede. Escucho el sonido de copas apoyándose sobre algo. Luego vuelve y me toca la cara despacio, como si estuviera ciega. Me acaricia, juega conmigo. Sabe. En aquel momento la odio, pero, al mismo tiempo, me encanta lo que me está haciendo.
Cuando siento que no puedo más, me saca la venda de los ojos. Tiene el pelo largo y rojo, se desparrama sobre sus hombros como un velo. Es alta aunque no mucho, no más que yo. Tiene los labios gruesos y unos ojos redondos que me miran con curiosa inocencia, como ajenos a los míos. Hay algo en ella, algo palpable, imposible de definir. No creo que las personas tengan un aura ni que emitan vibraciones, pero ella parece exhalar una fuerza primitiva. Cuando la miro pienso en la palabra "lujuria".
Esto es la locura, me digo. Las luces bailan a mi alrededor, las paredes se disuelven, dejo de respirar por un segundo o dos. Puedo mirarla, pero todavía no puedo moverme ni hablar, son las reglas. Ella, sin embargo, está diciendome algo que no logro escuchar o a lo que no puedo poner sentido. Las palabras "enamorada de ella" se confunden en mi cabeza con el deseo de posesión. Mi cuerpo se pone rígido mientras me sacuden oleadas de placer, una tras otra, hasta que siento que tengo que gritarle que pare porque tengo miedo de que si sigue así me voy a morir.
Me besa. Besa como ninguna otra mujer. No sé explicar en qué consiste la diferencia. Besa como si acabara de descubrir el arte de besar.
Hace una seña casi imperceptible para darme su aprobación y, entonces, las reglas cambian. Empiezo a desabrocharle la camisa quizás con torpeza, quizás con urgencia o con ambas. Inclina la cabeza para soltarse el cinto y ese gesto actúa como un resorte. Le bajo el pantalón, me arrodillo delante de ella y sepulto mi boca en su sexo. Me separo, me desnudo con impaciencia, la miro: la forma en que respira, la forma en que se mueve. Definitivamente esto esto es la locura. 
Nos acostamos y empezamos a revolearnos sobre la cama, besándonos, frotándonos una contra la otra, como si hicieran falta mil manos y mil bocas, como si la piel fuera un muro que impide la completa posesión, como si hubiera que derribarlo. Le separo de nuevo las piernas, vuelvo. No puede quedarse quieta, no deja de moverse y me araña y me pide que suba hacia su boca, pero no, las reglas cambiaron y es mi turno.
Me doy vuelta, invierto mi posición. De inmediato siento su boca en mí, me abraza con fuerza y al llegar el orgasmo siento como todo su cuerpo se contrae al tiempo que se mueve y grita y gime en una sucesión ininterrumpida de espasmos.
Duermo durante media hora quizás, tapada con las sábanas. Afuera llueve. Me levanto y cierro las ventanas. Y otra vez su cuerpo y el mío, pero esta vez de una forma tierna, tomándonos más tiempo. Y cuando estamos una dentro de la otra, grito "oh, dios" y se empieza a reír a carcajadas. Y hacerla reír es casi tan maravilloso como llevarla al orgasmo.



Puntos a tener en cuenta:

a) Claramente es un sueño. No se entusiasmen.
b) La figura de "ella" está plenamente identificada, pero resté características que pudieran hacerla reconocible y sumé otras.
c) Obviamente el sueño (y probablemente el texto) está bajo la influencia de unas novelas pedorras que leí hace poco.
d) Los puntos a),b) y c) son suficientes para que Mana comente: "caliente como papa en fonda", pero dejame decirte, Mana, que no me desperté así sino con un enorme ataque de angustia.
e) El texto está reordenado como para que lo entienda alguien más que yo, en el sueño real las cosas suceden tan rápido y tan desordenadas que se vuelve imposible describirlo tal cual. También agregué características, la cama con dosel, por ejemplo, no la recuerdo en el sueño, pero me pareció que iba a ir bien y, además, amo las camas con dosel.
f) Me cago en Christian Grey y en las fantasías que inserta en mi vida onírica.

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martes, febrero 26, 2013

Me viene gustando...

En un receso de mi clase de matemática estamos, Juan y yo, tomando mate y hablando de puras pelotudeces.

Se acerca otro compañero y se suma. Hablamos de deportes, de las clases, de las notas, de las carreras que hace cada uno. De repente Juan le pregunta a Renato (el último en sumarse):
- Che, ¿y vos? ¿Novia, novio?
Sonreí. Me viene gustando el país en el que vivo si un chico de veintipico de años puede preguntar así, sin un sólo asomo de sarcasmo.

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lunes, febrero 25, 2013

¡Manual de instrucciones now!

Todos sabemos que es posible saber algo y no saberlo.

Es decir, saberlo en la teoría, pero por alguna razón abandonar ese conocimiento en la práctica. Como cuando hago panqueques, por ejemplo. Yo sé el perfecto movimiento que hay que hacer para dar vuelta el panqueque en el aire, sin embargo, y con la sartén en la mano... eh... se ve que no sé nada (favor de ahorrarse los comentarios al respecto de la sartén por el mango, gracias). Por eso uso una panquequera eléctrica que es genial y con la que no necesito ese otro conocimiento que sé y no sé al mismo tiempo.
Así como es posible saber algo y no saberlo, también es posible saber algo y luego olvidarlo.
Y acá es a donde quiero llegar.
Hay conocimientos que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida, de los básicos y de los otros. Entre los conocimientos básicos podemos contar con, por ejemplo, el muy útil "el fuego quema". Ese fue un conocimiento teórico hasta que efectivamente me quemé y luego supe, empíricamente, que sí, que es verdad, que el fuego quema, che. Todos los fuegos, los chiquitos y los grandes. La colilla encendida de un cigarrillo quema, la hornalla prendida quema, una fogata también quema y un incendio en la propia habitación declarado a las cinco y cuarto de la madrugada cuando una está en el vigesimoquínto sueño ni les cuento. Quizás no en la misma medida, pero quemar, queman todos. Sin embargo, de vez en cuando me olvido y termino con un dedo chamuscado (o con un brazo), es así. Y no, no es que justo no estaba prestando atención, es que me olvidé, así de sencillo y así de estúpido. ¿O por qué creen que existe ese viejo refrán que reza "el que juega con fuego..."? Y lo loco es que nunca lo terminan porque sólo está para recordar un hecho cierto: ¡el fuego verdaderamente quema! De hecho no sé cómo termina el refrán, nunca lo escuché completo, podría ser "...amanece mojado", o "...Mahoma va a la montaña", pero seguro seguro termina en algo relacionado a que si jugás con fuego te quemás, así de simples son los refranes.
Pero en relación a los conocimientos no básicos, pero sí muy importantes, están los que adquirimos por experiencia pretérita. Cosas que sabemos que no tenemos que hacer y que, llegado el caso, las hacemos igual porque, de repente, nos "olvidamos" o, peor, desestimamos ese conocimiento porque "no se aplica a esta situación particular".
E-rror.
Siempre se aplica a la situación particular, señores (y señoras, claro). Siempre de los siempre. Si en el pasado, cuando íbamos caminando por esa calle tan bonita rodeada de árboles y vimos que en el diome del camino había flor de piedra (soy tan buena con los juegos de palabras que me aplaudo solita) y, ¡oh, el azar!, nos tropezamos con ella, lo primero que decimos es "si hay una piedra en un camino mejor rodearla porque si no me pego un palo como éste", pero tiempo después, mientras vamos caminando por otro camino tan o más bonito que el anterior, mirando los pajaritos y hablando pelotudeces, de repente vemos que ahí nomás, ¡oh, casualidad!, hay otra piedra, casi que igualita a la de la otra vez. Y ese conocimiento que adquirimos no viene en nuestra ayuda, no señor (y señora, claro), ese conocimiento se perdió en el limbo de los objetos perdidos y una ¿qué hace, eh? Pasa por encima y se pega un palo igual que el otro, o parecido, pero palo al fin. ¿Y dónde quedó aquello que sabíamos, eh? En el olvido, claro. ¿Y cuándo vuelve ese conocimiento a la parte conciente de nuestro bobo cerebro? Cuando ya no nos sirve para una mierda porque estamos en el suelo con la jeta llena de tierra y las rodillas raspadas (por no exagerar y decir que nos quebramos una gamba o algo así).
Existe un proceso cognitivo que entra dentro de la categoría de la comprensión que llamamos "darse cuenta". Es un proceso lento, de apertura gradual. No es el repentino "¡eureka!" sino el "ahhhhhhh..., mirá vos!". Y ese proceso llega cuando, al menos en mi caso, recuerdo aquello que sabía y que olvidé. Llega también de la mano con algún insulto a mi propia inteligencia, como por ejemplo "¡pero qué idiota!", lo que, en honor a la verdad, no me gusta mucho decirme, pero cuando tengo razón, tengo razón y no hay con qué darme.
En el proceso de darse cuenta es cuando recordamos aquello que sabíamos y que, oportunamente, olvidamos. Y nos queremos dar de latigazos por bobas, claro. También es posible que no es que hayamos olvidado sino más bien que hayamos desestimado aquel conocimiento y ahí, en lugar de latigazos, nos queremos hacer un cinturón doble de dinamita para ir, cual bomba humana, a cumplir algún designo superior. No sé, hacerle una visita al Señor Macri, por ejemplo, como para que, al menos, nos llevemos a algún otro hijo de puta en el camino.
El "darse cuenta" no es inmediato siempre. A veces lleva semanas, meses, años. A veces lleva más, pero eventualmente llega. Y no se aplica sólo a los conocimientos que hacen que no nos tropecemos con la misma piedra, con el mismo pie y en el mismo camino, sino a un montón de cosas. Ayer, por ejemplo, estaba tratando de sacar la imagen de una función de la siguiente manera:
f(x)=3sen(x/2)+1
y=3sen(x/2)+1
y-1=3sen(x/2)
(y-1)/3=sen(x/2)
arcsen((y-1)/3)=arcsen(x/2)
(Para Germán por si el gallego no te lee toda la mierda matemática: efe de equis es igual a tres por el seno de, paréntesis, equis sobre dos, cierro paréntesis, más uno. Luego, en el paso siguiente, i es igual a tres por el seno de, paréntesis, equis sobre dos, cierro paréntesis, más uno. Luego, i menos uno es igual a tres por el seno de equis sobre dos. Luego, paréntesis, i menos uno, cierro paréntesis, sobre tres, es igual a seno de equis sobre dos. Luego, arcoseno de, paréntesis paréntesis, i menos uno, cierro un paréntesis, sobre tres, cierro el otro paréntesis, es igual a arcoseno de equis sobre dos.)
Y así estaba yo en mi clase de matemática a las nueve y pico de la noche, embarrada hasta el caracú de funciones que odio hacer que sí, son fáciles, pero vieron cómo es esto, más sabe una de matemática y menos sabe hacer una cuenta pedorra, hasta que me dije "¡pero qué pelotuda!" y lo resolví en dos putos pasos con aquello de que el seno de cualquier mierda está siempre entre -1 y 1, más las cuentas correspondientes (para los que tienen dudas matemáticas, la imagen está en el intervalo [-2,4]). 
Es decir, los conocimientos olvidados nos cagan la existencia en más de un sentido. ¿Y todo por qué? Porque no hay manual de instrucciones, señores (y señoras, claro). Yo creo que, con lo complejo que es el ser humano, deberíamos venir con un manual. Si mi ipod que tiene siete botones chotos viene con manual del usuario, ¿cómo que nosotros no? Eso es una falla más que importante, barbudo. Exijo un resarcimiento al universo. He dicho.

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Medias

Una mujer a la que amé sostenía que no podía dormir con medias porque "no podía respirar". A estas alturas yo no discuto la veracidad de ninguna afirmación que me suene ilógica, y esa no la discutí, pero no es de eso de lo que quiero hablar.

Me dormí no sé a qué hora de la madrugada del jueves. No voy a entrar en razones, pero baste saber que no eran de las lindas. Me desperté a las seis sin poder respirar y lo primero que pienso es en las medias, pero no tengo medias puestas y, de todas maneras, yo puedo respirar perfectamente con medias, pero no, esta vez, con medias o sin ellas, no puedo. Alargo la mano hacia la mesa de luz buscando el cosito ese que una aspira cuando le falta el aire. No está. Me levanto a los tumbos hacia el escritorio, prendo la luz. No está. Adentro mío pienso que en cualquier momento la palmo, que tengo ganas de ir al baño y que qué feo que se encuentren con mi hermoso cuerpecito en medio de un charco. Abro el placard y ahí está el dichoso cosito ese respira-fácil. Mi hermana le dice "paff", para mi "paff" es el sonido de un sopapo bien dado. De a poco me calmo y el aire vuelve a entrar y salir de mis pulmonitos con relativa frecuencia, las estrellitas desaparecen de mi campo visual y voy volviendo a mi color mientras, sentada en la cama, pienso en qué carajo tenían que ver las medias...
...hasta que caigo, claro.
En mi defensa: tenía poco oxígeno en el cerebro.

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viernes, febrero 22, 2013

Terapia hermanil II

- Es que no sé - responde mi hermana a una pregunta anterior mía.

- ¿Cómo que "no sé"? ¡Eso lo tenés que saber! Podés no saber un montón de cosas, pero eso lo tenés que saber.
- Bueno, ok, lo sé, pero no estoy segura de si da para más que esto.
- Entonces preguntatelo cuando lo querés matar. Pero no cuando se olvidó de secar el baño por enésima vez, sino cuando lo querés matar en serio.
- No entiendo.
- Claro, si respondés que sí, entonces es que sí da para más. Preguntátelo cuando se mandó el moco de su vida, cuando no es suficiente con que lo mates, cuando lo querés agarrar a patadas en un rinconcito, descuartizarlo y usar su carne para hacer empanadas.
- ¡Y venderlas gratis porque no valés nada, nene!
- Bueno, si pensás así supongo que no hace falta ninguna pregunta... Ahí tenés tu respuesta: no, no da para más que esto. 

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jueves, febrero 21, 2013

Terapia hermanil

- Lo que pasa es que no te gusta sentirte débil. Eso pasa.- le digo a mi hermana en terapia de a dos.

- ¿A quién le gusta?
- A nadie.
- Ah, pensé que era yo sola.
- No. A nadie. Pero la cosa es que, mal que te pese, es la idea. Pero no por la debilidad en sí misma, sino porque está bien ser vulnerable en pareja, sentir miedo, no saber qué hacer. ¿De qué sirve ponerse la capa?, ¿para demostrar qué?, ¿que podemos qué cosa?
- No sé, decime vos...
- No tengo idea. Pero cuesta. Salir de la imagen de "yo lo puedo todo" para mostrar al otro, y no a cualquier otro, sino a ese que está más cerca, que no, que no lo podemos todo, que nos equivocamos, que hay cosas que no podemos manejar, que a veces somos infantiles e inmaduros, que tenemos pasado y, por ende, fantasmas. El problema es que justo con ese otro, ese otro tan cercano, con ese justo justo no queremos mostrarnos vulnerables, porque nos interesa que vea lo mejor de una, ponernos las mejores plumas y salir como si pudiéramos llevarnos el mundo por delante. Como si eso fuera a cambiar el hecho de tener miedo o equivocarnos o lo que sea. Hay que tener unos ovarios del tamaño de ruedas de tractor, o huevos, para el caso es lo mismo. Y no abunda, gorda. Y vos con el zátrapa de tu ex, querida, donde por poco había que mandarlo al colegio y cuidar que los compañeritos no le saquen el alfajor..., entiendo tu afán por controlarlo todo, pero a veces no hay control que valga, a veces hay que improvisar nomás.
- No sé cómo es.
- Ni yo. Tengo un solo consejo y no sé más que esto: no importa cuán infantil seas, cuántos fantasmas tengas, cuántas pifiadas te mandes o cuántas el otro, no importa nada, lo que importa es si vos creés que vale la pena, porque si creés que no, ante cualquier boludez vas a decir la palabra "fin" y cuando se te pase la calentura vas a retroceder. Y no está bueno. El día que digas "hasta acá", decilo y cumplilo, sino cerrá bien el orto y remala.
- Ah, yo por cualquier cosa digo que ya fue.
- Bueno, no está bueno.
- Pero yo no retrocedo, él llama.
- Y vos atendés, bolú. Es lo mismo. Si no quisieras saber nada más te chuparía un ovario, pero como no te lo chupa atendés el telefonito y otra vez va el cántaro a la fuente. Una y otra vez, que me separo, que vuelvo, que andá a cagar, que volvé que te extraño. Un desgaste al pedo. Si vas a decir chau, decilo, pero bien segura de lo que estás diciendo, porque chau es chau.
- Ufa.
- Ufa un soto. Está bien tener miedo, digo, es una mierda, pero está bien si hay un otro que escucha y entiende, aunque no entienda del todo, aunque no lo pueda todo, aunque esté tan cagado en las patas como vos, tiene derecho a la debilidad también. Desde la honestidad, gorda, desde la honestidad y el respeto no hay nada que pueda salir mal. Y desde el amor, claro.
- El amor es una mierda.
- ¡Jajaja! A veces estoy de acuerdo con eso, cuando estoy enojada sobre todo, pero no es una mierda, lo que pasa es que vimos tantas novelas, leímos tantos libros que nos creemos que sólo con amor se puede y no es así, de hecho no se puede nada sin respeto.
- Claro. Como si a vos te fuera tan bien.
- ¡Hey! ¡Más respeto con tu hermana mayor! Me pegué un golpazo para aprender eso y lo aprendí. Carísimo el curso acelerado, bueno, acelerado un soto, lento como tortuga renga. Respeto, honestidad y amor, en ese orden. Si lo querés, si sentís que vale la pena, ¿qué puede interferir con eso?, todo lo demás son boludeces, orgullos pelotudos, egoísmos idiotas, pequeñas miserias, el pan nuestro de cada día. A veces duele, gorda, es lo que hay, pero si le vas a escapar al dolor como a los murciélagos antes de saber si acaso el dolor no sea por enfrentarse a un propio límite, preguntate si vale la pena primero.
- Es que no sé si lo quiero taaannnnto...
- ¡Ahhhhh...! Haber empezado por ahí. Me hacés hablar al pedo, ¿ves? Bueno, terminamos por hoy, son ciento cincuenta pesos la sesión.
- Sos cara, ¿eh?
- Soy barata, muy barata. Casi regalada te diría.

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martes, febrero 19, 2013

Ctrl Z

Se supone que todo tiene un tiempo. Incluso lo dice el best seller del mundo mundial en Eclesiastés 3:
"Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz".
Ponele.
En un hipotético mundo posible (Utopíaland) una debería saber más o menos cuándo empieza uno y acaba el otro y viceversa. Pero no lo sabe porque no estamos en ese hipotético mundo, estamos en esta bolita cachuza en el diome de la Vía Láctea y acá no sabemos nada de nada, ni podemos adivinar ni, parece, tenemos la suficiente sabiduría como para esperar media señal. Y entonces mezclamos todo: en el tiempo de sembrar nos subimos al tractor y a ver qué cosechamos, obvio que nada porque nada sembramos; en el tiempo de edificar probablemente le demos a la maza con ganas; en el tiempo de bailar nos quedamos sentaditas en el sillón (nunca es mi tiempo de bailar igual, de ese no me entero); en el tiempo de abrazar nos cruzamos de brazos; en el tiempo de buscar no encontramos nada; en el tiempo de guardar nos parece re inteligente desechar todo; en el tiempo de callar saturamos el espacio audible con nuestra voz y en el tiempo de amar..., bueno, no siempre sabemos bien cómo.
La cosa del libre albedrío fue una mala jugada del barbudo. Así nos va. Debería haberse dado cuenta de que nos vamos a mandar una cagada tras otra. Debería haber dejado un guión, un manual de instrucciones, un tutorial de youtube, la función ctrl Z, no sé, algo, cualquier cosa como para pilotearla. Pero no, nos larga así nomás, con una hoja de parra y yastá, ahora arreglate solito. Bueno, solitos nos está yendo para el culo, así que fijate, pero fijate bien.
Se supone que hay un tiempo para todo. No sé bien todavía qué tiempo es este, supongo que de barajar y tirar de nuevo. Sólo que la baraja está marcada y la única que no sabe qué cartas tienen los demás soy yo.

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martes, febrero 05, 2013

No hay tutía

- Ma, ¿me comprás los botines? - dice mi sobrino un ratito antes de jugar un partido con el club con el que entrena en Moreno.
- No sé, hijo. Primero vamos a ver si te gusta en serio jugar y si vas a seguir.
- Bueno.
Dice mi hermana que no lo pusieron en el primer tiempo y que sólo jugó los últimos cinco minutos del segundo tiempo. Gol de mi sobri.
Todo sea por un par de botines, parece.

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sábado, febrero 02, 2013

Hillsong

No creo en dios, soy lo más atea de la existencia, atea talibán, dicen algunos. Eso ya lo saben y no me voy a poner repetitiva, pero creí, claro que creí, de pequeña. Creía en el Ratón Pérez, en PapáNuel, los Reyes Magos, las hadas, los duendes, el hombre de la bolsa, Jesús, la palomita blanca y Dios. No en el mismo plano, pero casi.
Cuando cayó el más grande, arrastró a los demás en la caída, porque si ya no creía en el que había "hecho" al mundo en seis días y al séptimo se tiró a dormir la siesta, ¿de qué manera iba a creer en un ratón que se llevaba mis dientes y me dejaba plata a cambio? ¿o en el gordo vestido de rojo que, se supone, dejaba regalos bajo el árbol a todos los chicos del mundo en el mismo día?
Si existe algo en lo que creo menos que en dios aún, eso es la iglesia, cualquiera sea su categoría. De pequeña fui a unas cuantas y fui por tres grandes razones: obligación, amor y música. Por obligación cuando no podía decidir. Mi tía me levantaba temprano el domingo y había que ir a misa.  Llueve, truene o patalee. Por amor cuando ella ya no podía mandarme porque no estaba, pero yo sabía que hubiera querido que siga yendo y ahí iba. Catecismo, comunión y toda la bola. Mi amor llegó hasta la comunión y dije basta (un amor de morondanga, se ve). Y la música..., bueno, la música me llevó a otras iglesias, sobre todo evangélicas (o evangelistas, nunca supe cuál era la manera correcta de llamarlas): pentecostales, bautistas, misioneras y otras que ni me acuerdo. Me llevaba la música. Si existía un lugar en donde me sentía cerca de alguna entidad que podríamos llamar dios, era cuando escuchaba esa música. Después mandé todo a cagar. Básicamente cuando descubrí que la misma gente que estaba ahí cantando conmigo eran los más grandes "pecadores" de toda la Vía Láctea y sus alrededores.
De grande fui a iglesias sólo por dos razones. O bien por obligación porque mi hermana insistió en bautizar a mi sobrino y como resulta que soy la madrina no podía no ir, o bien para acompañar a alguien (con tanta mala suerte que ese día sacaron fotos, ¿pueden creer?, aparezco en la página de una iglesia luterana, y, por si se lo preguntan, ni la iglesia se derrumbó, ni yo giré la cabeza 360 grados vomitando sopa de arvejas).
Vuelvo a decir y me pongo repetitiva: no creo en dios. Pero a veces me gustaría creer. La gente que cree (la buena, de los otros hay un montón) es tan confiada, está tan entregada a eso que no sé qué es, pero que, parece, los libera de algún tipo de preocupación, que me gustaría ser una de ellos. Mientras que yo soy la escéptica que piensa en las causas y consecuencias, los cristianos creen que todo tiene una razón y que esa razón es buena per se. Ellos confían mientras yo miro para todos lados esperando un golpe (golpe que, por otro lado, siempre llega). Mientras yo me pregunto el porqué de las cosas y pataleo y me digo que no es justo, ellos..., confían. Y, lo que es peor, ¡les basta! Sólo por eso me gustaría creer. Tengo la sensación de que creer sería como dejar las decisiones a otro sabiendo que lo que decida está bien, sería como sentirse protegida alguna vez. O algo así, no sé.
Todo esto porque revisando mi lista de reproducciones en youtube encontré a un grupo cristiano cantando y me acordé de esa música y de lo que me pasaba cuando cantaba, cuando me sentía tan en comunión con esa entidad que podría haber llamado dios. Si las cosas hubieran sido diferentes probablemente yo hubiera estado entre esa gente del video con las manitos en alto también.
Se los dejo para que, si quieren reírse de mi, se rían nomás. Yo no me río, sólo pienso.


Pascu: compartíselo a la Marta, que seguro le gusta.

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viernes, febrero 01, 2013

Según la RAE


Cris dice:
 (ahora se viene la tormenta del siglo)
Gabriela dice:
 (¿por qué?)
Cris dice:
 (porque está anunciado granizo y tormenta eléctrica)
 (y trona!)
Gabriela dice:
 (ah)
 truena
Cris dice:
 allá capaz
 acá trona!
Gabriela dice:
 zoqueta
Cris dice:
 zonzorota
Gabriela dice:
 definición, por favor
Cris dice:
 ¿de tronar? Es cuando está por llover y se siente un bbbrrrrrrummmmm!
Gabriela dice:
 De zonzorota, según la RAE, por favor.
Cris dice:
 Una zonza grandota.
Gabriela dice:
 SEGÚN LA RAE, dije.
 ¿sustantivo? ¿adjetivo? ¿masculino? ¿femenino? "Dícese de..."
Cris dice:
 Sust., fem. Dicese de una mujer zonza y de contextura física importante.
Gabriela dice:
 Ejemplo de uso
Cris dice:
 Jajajaja
 "mi novia es una zonzorota"

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Música

Abel Pintos Adele Adriana Varela Aguilar Alanis Morissette Alejandro Filio Alexander Rybak Amanda Miguel Amy Winehouse Ana Belen Ana Carolina Ana Prada Andres Calamaro Ani DiFranco Anne Sofie von Otter Annie Lennox Arnel Pineda Bach BB King Beyonce Billy Taylor Bjork Brandi Carlile Bruno Mars Capital Children's Choir Carlos Varela Caro Emerald Cee Lo Green Celine Dion Celso Fonseca Chango Spasiuk Chiara Civello Concha Buika Cuarteto de Nos Cyndi Lauper Cziffra David Bowie Dick Hyman Die 12 Cellisten der Berliner Philharmoniker Eduardo Rovira Eilen Jewell Elliot Smith Elvis Costello Enrico Pieranunzi Enrique Iglesias Eugenia Leon Felix Mendelssohn Fernando e Sorocaba Fiona Apple Flores Francesca Ancarola Francisca Valenzuela Frank Sinatra Georgina Hassan Gillespi Glee Hillsong Horowitz Idina Menzel Indra Mantras Ingrid Michaelson Ismael Serrano Jacques Loussier Jane Monheit Jessie J. Jewel Jō Hisaishi Joan Manuel Serrat Joaquin Sabina John Mayer John Pizzarelli Jorge Drexler Jorge Fandermole Josh Groban Juan Carlos Baglietto Juan Quintero Julieta Venegas Kate Nash Keane Kelly Clarkson Kevin Johansen Lady Gaga Laura Simó Leonard Cohen Les Petits Chanteurs de Saint-Marc Ligia Piro Liliana Felipe Liliana Herrero Lily Allen Lisandro Aristimuño Lissie Los Vazquez Sound Lou Reed Lucie Silvas Luna Monti Madonna Marc Anthony Mariel Trimaglio Marisa Monte Mary J. Blige Matisyahu Melendi Melissa Etheridge Michael Jackson Miguel Bose Morcheeba Morelenbaum Morrissey Mstislav Rostropovich Nick Cave Nina Simone NTVG Olivia Ong Pablo Alboran Pablo Casals Paolo Fresu Paquita la del Barrio Paramore Pauline Croze Pedro Guerra Perota Chingo Phil Collins Pink PJ Harvey Prince Rachmaninoff Radiodervish Regina Spektor Ricardo Montaner Rodolfo Montironi Rosana Roxana Amed Rufus Wainwright Sanders Bohlke Sandra Mihanovich Sara Bareilles Selah Sue Sesame Street Shakira Silvio Rodriguez Siobhan Pettit Sixpence None The Richer Smash Mouth Sui Generis Sulic and Hauser Tan Bionica Tchaikovsky The Audreys The Beatles The Jolly Boys Travis U2 Valeria Lynch Vanesa Martin Violoncello Volodos Whitney Houston Wim Mertens Wisin y Yandel Zaz

El principito -al azar-

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