Cris y Cris

>> 13 jun 2013

"Lo que importa es que en casa de Martín y Andrea la mesa era divertida, como siempre. A los habituales se sumó un matrimonio de abogados. Él, Juan, tan canoso, tan seguro de sí mismo, tan buen mozo. Ella, Cris (lo cual me chocó horrores porque me crea conflictos con la única e incomparable Cris de mi vida), tan linda, pero tan linda que no lo puedo creer. ¿Cómo se puede ser tan linda y tan seductora y pasar por la vida sin darse cuenta? No sé nada de ella. Sólo que se llama Cris, andará alrededor de los 40, está casada con el abogado buen mozo, usa unos anteojos que me fascinaron y apostaría a que estaba triste. Yo quedé justo al lado de ella y frente a Andrea, que me malcría tanto que a veces me da vergüenza. Pero esta noche estaba muy entusiasmada con Cris como para ocuparme de ella. (...) Así es que Cris me miró, sonrió de manera... sonrió... bah...
(...)Estaba (yo) como inhibida, no podía articular palabra y Cris estaba dispuesta a charlar conmigo. Supongo también que porque estaba a su derecha y la gente suele tener más facilidad para girar la cabeza (y últimamente todo) hacia la derecha. Fuera por lo que fuera, Cris, la de los ojos color de tiempo (perdoname Amelia Bence), sonreía y hablaba. Hablaba cosas serias, cosas de abogados, con esa natural tendencia hacia los formalismos, hacia el exhorto, con alguna cita culta de las que usan para conmover a los jueces y a mí se me mezclaban imágenes un tanto lascivas para una cena formal en casa de un matrimonio, muy divertido, pero tan formal como todos los que comían allí.
Cris hablaba del estado catastrófico de los principios morales en nuestro país. (...) Y mientras ella hablaba, yo movía la cabeza apoyando todas sus posturas y pensando en otro tipo de posturas. De pronto la vi sentada al borde de mi cama, con una espléndida camisa de seda semiabierta, dejando al aire la meseta de sus pechos casi hasta el ombligo. Y me vi a mí dejando que la seda se deslizara sobre sus hombros, sintiendo el crujido de la tela al caer y encontrándome frente a dos pezones perfectos, bajé los ojos y la curva de sus caderas eran a la medida de mis manos, las apoyé allí con toda suavidad y Andrea me sacó de mi ensueño comunicándome que de postre había tarta helada de wisky, y había tarta helada de wisky porque a mí me gustaba. Yo levanté los ojos y sentí que me ponía colorada como un tomate, que pese a la agradable temperatura reinante en el ambiente nocturno (así dicen los partes metereológicos), estaba empapada en transpiración. ¿Y si alguien tenía esos anteojos para leer la mente? ¿Y si yo tenía la cara desfigurada por la lujuria más espantosa? ¿Y si, llevada por mi imaginación, le había dicho algo a tan formal señora? Porque para colmo no pude dejar de pensar en esa guinda que coronaba la tarta helada de wisky puesta por mi boca en la boca de la abogada. Hice un esfuerzo supremo, la miré a Andrea como si fuera una extraterrestre, me disculpé y me fui al baño. Me lavé la cara, las manos, ordené a mis zonas pudendas que se serenaran y volví a la mesa dispuesta a seguir la interesante conversación sobre el estado calamitoso del país.
(...)
Esta noche frente a Cris, me estaba portando como cuando la otra Cris hablaba y yo me creía que su palabra era santo y seña; no podía hilvanar una frase ni tan siquiera ingeniosa porque pretender la inteligencia en ese estado de colapso era demasiado."

("Cris y Cris" - María Felicitas Jaime)

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