domingo, junio 30, 2013

Chat

Por esas cosas de la vida, sobre todo por aburrimiento, modero desde hace algunos días un chat lésbico. Ya solicité una provisión nueva de neuronas para que reemplace las que se suicidaron en masa el día que leí "avlamos" en la sala.
Abro ahora una etiqueta nueva para contar las barbaridades que yo leo diariamente, por ejemplo, la siguiente:

usuaria: - Alguna chica de Mierda?
moderadora: - Modere su lenguaje, por favor.
usuaria: - Alguna chica de Merida?

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jueves, junio 27, 2013

Sorpresa

En general yo no reviso las cuentas de correo porque de eso se encarga mi teléfono, me baja los mails, los leo, los respondo si corresponde y listo. Pero hace un par de días se murió. El teléfono, digo. Y tuve que recordar de nuevo las contraseñas y entrar a los correos a los que hacía bastante no entraba. Entre ellos uno que no uso hace dos mil quinientos años.
Bandeja de entrada: 24 correos. Está bien porque a ese no me escribe nadie, voy borrando spam y otras huevadas cuando veo un nombre y casi me caigo de la silla en la que estaba sentada.
Voy al extremo derecho de mi computadora y me fijo la fecha, no sea cosa que haya retrocedido en el tiempo y yo tan campante pudiendo hacer estragos, pero no, era el año 2013 nomás.
Abro. Leo. Sonrío. Luego no sonrío más. ¿Qué hago? ¿Respondo?
Si el teléfono no se hubiera muerto, si yo no hubiese recordado la contraseña, si en mi afán obsesivo no hubiese revisado la carpeta de spam... Demasiado, corresponde que responda porque fue mucho lo que tuvo que pasar para que leyera este mensaje.
Respondo. Responden. Todavía no sé qué pensar.

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miércoles, junio 19, 2013

Cerrar los ojos

Si pienso en ella, y pienso en ella muy a menudo, lo primero que recuerdo son sus ojos. Es como una foto, un extracto de una foto. Veo no sólo el exacto color y la exacta forma, sino también la intensidad, la profundidad que tenía su mirada. 
Cuando ella me miraba, era como sumergirse en un abismo, como caer y seguir cayendo y no terminar de caer nunca. Empezábamos una de esas charlas de pensamiento gallináceo que comenzaban con la vida ordenada de las hormigas y terminaban en la utilidad de los planes sociales, sin saber cómo es que llegabamos de allí hasta aquí. En esos momentos, sus ojos, su cara toda, pasaban por un sinfín de estados: fruncía el ceño cuando no estaba de acuerdo con alguna afirmación mía, levantaba las cejas cuando reconocía una idea propia en mi discurso, entornaba levemente los ojos cuando el tema la estimulaba. A veces, y sin que exista un motivo en particular, me interrumpía y me plantaba un sonoro beso, después, y con una risa reprimida preguntaba "¿en dónde estábamos?" y seguíamos con los planes sociales para pasar a la poesía de Salinas sin saber cómo es que llegábamos de allí a aquí otra vez.
Sus mirada hablaba tan intensamente como su boca. Yo sé que se puede leer el rostro de otra persona sin mirarla a los ojos, pero cuando nos mirábamos, cuando nuestros ojos se encontraban no sólo sabía cómo se sentía ella con lo que estábamos hablando, sino que ella sabía que yo lo sabía.
Si pienso en ella, decía, lo primero que recuerdo son sus ojos, la comunicación en ellos y en los mios, la manera en que nos perdíamos en elucubraciones brillantes o muy bobas con el mismo ímpetu y la misma alegría. La comunicación, como saben todos, es un acto creativo, una negociación entre dos personas. Y no importa tanto que el otro entienda perfectamente lo que una diga como que también contribuya con su parte. Cada vez que hablábamos creábamos un mundo nuevo y propio. Un mundo en el que nos perdíamos sin miedo, en el que personajes de libros tenían tanta consistencia como nosotras  mismas, en donde todo era posible.
De alguna manera, sus ojos, su mirada, me hacía sentir expuesta y vulnerable. Y feliz.

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martes, junio 18, 2013

Closet invisible

... o de cómo salí de closet con mamá.

En realidad, hablar de "salir de closet" implicaría admitir que alguna vez estuve dentro, algo que no es cierto. No conozco el interior del closet, nunca estuve ahí y, quizás por eso, suelo no entender por qué tanto quilombo con decir "mamá, papá, amigos, hermanos, soy torta".
Rubenito dice que soy rara, que todos los homosexuales que él conoce tuvieron conflictos al reconocerse ante el resto menos yo. Él dice que yo me desperté un día, dije "uy, me gustan las mujeres" y pinté con aerosol la puerta de mi casa con la frase "soy torta". Que eso es lo que me hace rara. Yo le digo que en realidad no es rareza, sino desinterés por la opinión del resto.
En mi experiencia no hubo closet alguno. Un día me desperté y me dije "me gustan las mujeres". Claro que, en realidad, ese día dije "me gusta María", lugar común si los hay, no era que me gustaban todas las mujeres, no, señora, era que me gustaba ella nomás. El día que pude decirme que me gustaba una tuve que admitir que podían gustarme otras, aunque en ese momento no lo pudiera ni pensar. Yo estaba en cuasi feliz convivencia con un señor desde hacía algo así como cinco años y, bueno, como es obvio, me separé del señor en cuestión.
Pero para mí era un acontecimiento tan feliz haberme dado cuenta, que salí a decirlo como si me hubiera ganado el loto. Iba yo con mi cara de feliz cumpleaños diciendo "¡y no sabés lo que acabo de descubrir! ¡me gustan las mujeres!". Claro, como podrán imaginar, del otro lado las caras no eran de felicidad, pero siempre me chupó una fábrica de huevos lo que opinara el mundo así que no me hizo mella. En un punto no entendía las caras de desconcierto (y, a veces, de franco desagrado) del resto: si yo estaba tan feliz, ¿por qué no podían ver eso los demás?
Por otro lado, nunca tuve una relación cercana con mi madre así que no consideré avisarle ni que me había separado (se enteró al mes de que ya no conviviera con el señor en cuestión) ni las razones por las que lo había hecho. Pero resulta que un día me enfermé. Y, cuando fui al médico, el tipo no tuvo mejor idea que largarme que podía ser un tumor cancerígeno lo que tenía, con lo que me cagué toda. Yo tenía, en esa época, algo así como 22 o 23 años. Era un abseso en el canal urinario, María, que era cirujana cardiovascular (y, espero, lo sea aún, no sea cosa que la haya palmado), casi mata al médico en cuestión y me tranquilizó diciendo que era una pavada, que no me asuste. Pero la cosa era que yo estaba yendo al médico y mi madre insistió en acompañarme llevando a mi hermanito, que tendría unos dos o tres años, a cuestas.
Yo le había explicado que no se viniera a capital al pedo porque yo, ni bien salía del médico, me iba a casa de María, pero ella, tozuda como es, dijo que no importa, que iba igual.
Y ahí estábamos en la clínica los tres (Franco, mamá y yo). Salí de la consulta y madre me preguntó cómo había sido todo.
- Bien -le dije-, no te preocupes, es una pavada.
- El médico dijo que podía ser grave.
- El médico es un pelotudo, madre. María me dijo que no pasa nada.
- Pero, ¿María te revisó?
- ¡Claro!
Me miró y no dijo nada. Salimos y quiso ir a tomar un café. Le dije que no, que ya le había dicho que ni bien salía me iba a la casa de María. Franco estaba inquieto, corría, jugaba. Los acompañé a la estación del tren y Franco pregunta:
- ¿A dónde va Gabi?
- A la casa de la novia -dijo madre.
- Efectivamente -respondí.
Y así fue como madre se enteró.

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lunes, junio 17, 2013

Errores

Tendríamos unos ocho años. Ella rondaba los seis o siete.
Mi tío habia viajado a misiones de vacaciones, se enamoró, se casó y trajo a su nueva mujer a vivir a mi casa en tanto terminaba la suya. Ella era la hija de la nueva mujer de mi tío.
Nosotros la odiamos desde el primer momento. Los chicos son crueles, sí, nosotros lo éramos y los grandes no hacían demasiado por evitarlo. Por supuesto esto no nos justifica.
Vivió con nosotros algunos meses, quizás medio año, quizás más. Se sentaba en un rincón alejado y nos miraba jugar. Nunca pidió integrarse ni nosotros la invitamos. A sus espaldas (y en su cara) la llamábamos "intrusa", éramos cinco acostumbrados a hacer tandem contra el mundo y eso hicimos con ella.
Al tiempo se mudó y la vimos bastante menos. Mi viejo me preguntó un día por qué no era su amiga y yo me hice la idiota y me encogí de hombros. Él me explicó que estaba sola, que tenía amigos y primos en donde vivía, pero que ahora estaba sola, que la entendiera, que no era mala, que ella no sabía por qué no la queríamos, que le había preguntado a él.
Me hizo sentir bastante mal, la verdad. Me gustaría decir que a partir de ese momento fui amable con ella, pero lo cierto es que, si lo fui, fueron las menos. Ya, para ese entonces (yo andaba por los diez), tenía mis propios problemas y las pocas veces que nos veíamos no le daba mucha pelota.
Los años pasaron y yo me fui de mi casa. Me la crucé algunas veces más a lo largo de los años. Charlamos, me contó su vida, le conté más o menos la mía, me dijo (cuando le dije que estaba en pareja con otra mujer) que haga la mía y que no me preocupe por lo que dijera nadie. Me sorprendió su apertura (cosa rara en mi familia paterna), quedamos en seguir en contacto, pero nunca lo hicimos.
Se llamaba Rosana, siempre fue amable conmigo, falleció ayer y fui a verla. No la reconocí. Nunca le pedí perdón.

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Cigarrillos en la cama

Llevo a la cama mi café de todas las noches y los cigarrillos, ella ya está esperándome ahí medio dormida. Me acuesto, abro un libro y leo mientras tomo mi café. Ella se arrellana un poco más a mi lado y yo le acaricio la cabeza despacio como para que no se despierte del todo.
Termino el café y enciendo un cigarrillo. Abre los ojos y me mira como con enojo.
- Si te molesta, ahí tenés la puerta - le digo, pero ni asoma moverse, sólo me sigue mirando con odio.
- Es mi casa y en mi casa se fuma dónde se me cante - le sigo diciendo.
Se aleja, se da vuelta y se queda mirando hacia la pared dándome la espalda.
- Y no te hagas la ofendida que no te queda bien - le increpo, pero ella ni mu dice.
Sigo leyendo y fumando. Cada tanto vuelve la cabeza y me clava sus ojos de odio, frunce la nariz, estornuda.
- Puta madre, ni dueña de fumarme un cigarrillo en la cama soy - le digo y lo apago.
Ni bien se va el humo se acerca y me hace un mimo.
Lo único que me faltaba, que a la gata le moleste que fume.

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jueves, junio 13, 2013

Cris y Cris

"Lo que importa es que en casa de Martín y Andrea la mesa era divertida, como siempre. A los habituales se sumó un matrimonio de abogados. Él, Juan, tan canoso, tan seguro de sí mismo, tan buen mozo. Ella, Cris (lo cual me chocó horrores porque me crea conflictos con la única e incomparable Cris de mi vida), tan linda, pero tan linda que no lo puedo creer. ¿Cómo se puede ser tan linda y tan seductora y pasar por la vida sin darse cuenta? No sé nada de ella. Sólo que se llama Cris, andará alrededor de los 40, está casada con el abogado buen mozo, usa unos anteojos que me fascinaron y apostaría a que estaba triste. Yo quedé justo al lado de ella y frente a Andrea, que me malcría tanto que a veces me da vergüenza. Pero esta noche estaba muy entusiasmada con Cris como para ocuparme de ella. (...) Así es que Cris me miró, sonrió de manera... sonrió... bah...
(...)Estaba (yo) como inhibida, no podía articular palabra y Cris estaba dispuesta a charlar conmigo. Supongo también que porque estaba a su derecha y la gente suele tener más facilidad para girar la cabeza (y últimamente todo) hacia la derecha. Fuera por lo que fuera, Cris, la de los ojos color de tiempo (perdoname Amelia Bence), sonreía y hablaba. Hablaba cosas serias, cosas de abogados, con esa natural tendencia hacia los formalismos, hacia el exhorto, con alguna cita culta de las que usan para conmover a los jueces y a mí se me mezclaban imágenes un tanto lascivas para una cena formal en casa de un matrimonio, muy divertido, pero tan formal como todos los que comían allí.
Cris hablaba del estado catastrófico de los principios morales en nuestro país. (...) Y mientras ella hablaba, yo movía la cabeza apoyando todas sus posturas y pensando en otro tipo de posturas. De pronto la vi sentada al borde de mi cama, con una espléndida camisa de seda semiabierta, dejando al aire la meseta de sus pechos casi hasta el ombligo. Y me vi a mí dejando que la seda se deslizara sobre sus hombros, sintiendo el crujido de la tela al caer y encontrándome frente a dos pezones perfectos, bajé los ojos y la curva de sus caderas eran a la medida de mis manos, las apoyé allí con toda suavidad y Andrea me sacó de mi ensueño comunicándome que de postre había tarta helada de wisky, y había tarta helada de wisky porque a mí me gustaba. Yo levanté los ojos y sentí que me ponía colorada como un tomate, que pese a la agradable temperatura reinante en el ambiente nocturno (así dicen los partes metereológicos), estaba empapada en transpiración. ¿Y si alguien tenía esos anteojos para leer la mente? ¿Y si yo tenía la cara desfigurada por la lujuria más espantosa? ¿Y si, llevada por mi imaginación, le había dicho algo a tan formal señora? Porque para colmo no pude dejar de pensar en esa guinda que coronaba la tarta helada de wisky puesta por mi boca en la boca de la abogada. Hice un esfuerzo supremo, la miré a Andrea como si fuera una extraterrestre, me disculpé y me fui al baño. Me lavé la cara, las manos, ordené a mis zonas pudendas que se serenaran y volví a la mesa dispuesta a seguir la interesante conversación sobre el estado calamitoso del país.
(...)
Esta noche frente a Cris, me estaba portando como cuando la otra Cris hablaba y yo me creía que su palabra era santo y seña; no podía hilvanar una frase ni tan siquiera ingeniosa porque pretender la inteligencia en ese estado de colapso era demasiado."

("Cris y Cris" - María Felicitas Jaime)

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martes, junio 04, 2013

Emma

Emma Watson, la actriz que hace el papel de Hermione en Harry Potter unos cuantos años después.

Y esta es la razón por la cual miramos Harry Potter una y otra vez.

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Carta a ella

Lo que pasa es que vos creés que podés seguir jugando un rato más a las escondidas y yo medio que me cansé de jugar.

No me malinterpretes, entiendo que puede ser excitante y que, finalmente, se valore más tu llegada, pero, ¿qué querés que te diga?, eventualmente una se pudre de no poder cantar piedra libre nunca o de que los compañeros griten "sangre" todo el tiempo. Y, la verdad, es que estoy harta.
Así que vamos a hacer un pacto en este mismo instante: cuando te decidas a venir, te acercás y me decís "hola, soy yo", y listo porque, sinceramente, intentar reconocerte en dos mil caras es difícil, siempre creo que sos en una y después resulta que no, que no eras. Y entonces ya no sé si seguir jugando.
Es cierto que yo tengo la percepción un tanto..., digamos..., errada y que me cuesta no creer cada nueva vez, me cuesta no apostar cada nueva vez, pero lo cierto también es que el precio es demasiado alto y ya no estoy dispuesta a seguir pagándolo.
¿No tenés miedo de llegar tarde?, pregunto porque a mí sí me da miedo. Para que nos entendamos, tarde sería cuando ya no crea en vos, cuando vengas y te presentes y digas "hola, soy yo" y yo levante una ceja y diga "se confundió de persona, señorita" y siga caminando como si nada.
Últimamente te estoy empezando a buscar en grupos donde nunca antes te hubiera buscado. Conozco gente interesante, no creas, hace poco me crucé con una chiquita super divertida. Sí, chiquita. En otro momento no le hubiera dado cinco de bola, pero en éste en particular me pregunto si por ahí la razón por la que no aparecés es que nacimos en momentos equivocados y yo estoy buscando a una mujer de casi cuarenta y resulta que vos sos de las que todavía no llegaron a los treinta. Vayan dos a saber. Igual hasta los veintipico me arriesgo, ya en los diecisiete y similares se me complica, ¿viste? porque no termino de saber si tengo que comprarte un chupetín, llevarte a ver Iron Man 3 o traerte a casa y presentarte a la familia.
Así que no sé, vos fijate, pero fijate bien porque, como dice Julito, no es gratuito. 
También me gustaría saber si no tenés ninguna intención de venir, estaría re bueno saberlo ya, por ejemplo, así hago el duelo que corresponda y listo, nos dejamos de joder y empezamos a conformarnos con lo que hay.
Y no creas que no hay cosas interesantes, hay y mucho. También hay de los otros, pero de esos no vamos a hablar porque tampoco quiero ponerte presión.
Así que, ya sabés, venís o no venís, pero yo ya no te espero más porque me cansé. Estoy grande y descreída, todas las películas románticas me parecen de una necedad histórica y la música de amor de un patetismo horrible. A partir de este momento no te busco más, si te interesa buscame vos, si no, bueno, podría haber estado bueno, pero es lo que es.
Que sigas bien.

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Música

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