Una plaza de la que no recuerdo el nombre

>> 7 may 2013

La última vez que nos vimos fue un sábado. Por supuesto yo no sabía que esa iba a ser la última vez. Nos pasamos largas horas hablando de poesía, matemática, literatura, viajes, música o cualquier otra cosa. Si hay alguien en el mundo con quien puedo mantener extensas charlas de casi cualquier cosa y en casi cualquier lugar, es con ella.

De este sinfín de temas pasamos a temas personales y, de pronto, sentí que perdió el interés en la charla. Yo seguía hablando, hablándole, diciéndole de una u otra forma que la amaba, pero vi sus ojos y supe, sin lugar a dudas, que ella sentía terror de decir palabras frías o duras.
Se puso seria. No todas las mujeres son lindas todo el tiempo. Algunas mujeres tienen que sonreír para estar lindas. Otras tienen que llorar. Pero en el caso de ella, su verdadera belleza sólo resplandecía cuando se ponía seria; quizás porque cuando no era así sus ojos parecían demasiado suaves, su boca demasiado inocente. Pero cuando la determinación la iluminaba, era como una visión, y cualquiera que estuviera a su lado, en este caso yo misma, no parecía más que una "acompañante" para ella; una entre miles, cualquiera. Se puso sería, decía, y entendí que no quería lastimarme. Creo que a sus ojos, y a pesar de mis treinta y siete años, seguía siendo una adolescente ansiosa por agradar. Y quizás tuviera razón.
Le hice una propuesta. Fue casi un manotazo de ahogado porque empezaba a darme cuenta en dónde iba a terminar nuestra conversación y no quería llegar a ese lugar. Ella no respondió. Me miró y volvió a sonreír. Había una dulzura y un coraje tal en su mirada que me sentí conmovida y aún más triste que antes.
De repente la besé y ella se abandonó por completo a mí, pero su abandono fue como si se obligara a ello, como si tuviera que amarme, como si tuviera que encontrarse conmigo en la mitad del camino.
No importaba que la gente nos estuviera mirando ni que mis manos temblasen mientras la abrazaba. Lo importante era que, aunque me quería mucho, no era suficiente y le dolía no quererme más.
La solté y la miré, hizo una pequeño gesto. Reconocí aquella imperceptible contracción en su mirada y comprendí, entonces, que la había perdido; y, al mismo tiempo, ella supo, quizás porque me conocía tanto, que había llegado a ese nivel de comprensión.
Abrió la boca como para decir algo, alguna disculpa, alguna explicación, no lo sé y nunca lo sabré porque puse un dedo sobre sus labios y le dije que no era necesario. Cerré los ojos tratando de tragarme el dolor, de no llorar, lo último que quería ver en sus ojos era culpa. No había culpa posible, cuando algo no tiene que ser, simplemente no es, cuando el amor no es suficiente, bueno, no lo es y eso no es culpa de nadie. Di un paso atrás, respiré hondo, la miré, sonreí y dije adiós.
La dejé parada en medio de la gente en una plaza de la que no recuerdo el nombre y no miré atrás. Eso fue un sábado, esa fue la última vez que nos vimos aunque yo no supiera que iba a ser la última vez.

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