El otro lado

>> 5 ene 2013

Cuando alguien pasó el ochenta y seis por ciento de su vida creando un mundo paralelo tampoco le podemos pedir mucho.
[Aclaro ahora: cuando digo "alguien" quiero decir "yo".]
Un mundo en el que es perfectamente posible la existencia de dragones, hadas, príncipes, princesas, reyes, guerras con espadas, gente de tamaño diminuto, gigantes, asesinos seriales que nunca son encontrados, animales que hablan, alienígenas, fantasmas, viajes en el tiempo, mujeres y hombres largamente enamorados a pesar del tiempo y la distancia y un largo etc. Para escapar de la realidad armé un mundo paralelo. Así empezó la construcción de una casa que no es esta casa, que está en ese otro mundo, y en la que convivimos mi yo actual, algunos de mis yoes anteriores y alguna gente con la que quiero pasar tiempo a veces. Pero como soy un poco obsesiva y me gusta vivir sola, a esa gente (a toda excepto a una) la fui mudando con el tiempo y ahora más que una casa hay todo un barrio en ese otro mundo.
Ese otro barrio se parece un poco al barrio de mi niñez. A mi viejo lo puedo encontrar tomando una coca en el hall de la casa en la que vivíamos y cada vez que quiero hablar con él, ahí está. Entiendo que podría pasar, sentarme en los sillones del living y tomarnos un mate, pero nunca entro. El hall siempre está iluminado, el clima siempre es lindo en este otro lugar, pero la casa, el "adentro" de esa casa no. Parece como si se fuera haciendo de noche mientras más una se acerca a la puerta. Adivino que adentro hay cosas que no me gustan, cosas que me dan miedo y, sin embargo no puedo hacer que la puerta esté cerrada, y eso que en ese otro mundo, como dirían, mando yo. Pero se ve que no todo está bajo mi control y por eso no entro. No sé qué voy a hacer el día que vaya a buscar a papá y no esté afuera, no sé si me voy a animar a entrar. Es más, creo que no.
Otra gente que ya no está en este mundo vive en aquel. En sus propias casas. Puedo entrar a todas las casas para hablar con ellos. Sólo no puedo (mejor dicho, no quiero) entrar en la casa en la que vive mi padre.
En este otro barrio casi no hay autos, pero a veces pasa alguno que otro, no sé quién va dentro de esos autos. No toda la gente que vive en este barrio es aquella a la que yo mudé, también hay otras personas que no conozco. Supongo que puedo charlar con todos, pero nunca lo intenté, simplemente voy de una casa a la otra visitando a quien quiero y cuando me canso, vuelvo a mi casa. Pero mi casa no está en este barrio. No sé bien cómo llego de un lugar a otro, creo que simplemente quiero volver a casa y ahí me encuentro y ya.
En mi casa del otro mundo, como decía, vivimos mi yo actual y algunos de mis yoes anteriores. Hay muchas fotos, pero lo mejor de todo (o no, depende) es que puedo entrar en una habitación en particular y recrear cualquier situación. Esa habitación es como la sala multipropósito ahora que lo pienso, se convierte ni bien entro en cualquier lugar que necesite, me trae a cualquier persona, cualquier objeto o animal, a cualquiera de mis yoes en la edad que necesite. Mi yo actual se sienta entonces y mira la situación desde afuera, si necesita retroceder y volver a empezar, sucede, si necesita avanzar, sucede. Si lo que quiero es congelar una situación en particular, sucede. Incluso, en esta habitación tan particular, puedo hacer que sucedan cosas que no han sucedido.
Volviendo..., a una persona que ha pasado el ochenta y seis por ciento de su vida creando un mundo paralelo no se le puede pedir mucho. Es un esfuerzo de todos los días vivir aquí y ahora y no allá y entonces.

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