Ciencias Morales

>> 11 sept 2011

Estoy leyendo este libro. Mal me hace, que se sepa.

Página 1

"Alguna vez este colegio, el Colegio Nacional, fue solamente de varones. En esos tiempos ya distantes, los tiempos del Colegio de Ciencias Morales, por no decir los más remotos del Real Colegio de San Carlos, las cosas debieron ser, por necesidad, más claras y más ordenadas. Es simple: faltaba ni más ni menos que la mitad de este mundo que ahora lo integra. Esa mitad hecha de jumpers, de vinchas, esa mitad hecha de cintas y de hebillas, esa mitad que requirió la instalación de baños aparte en el colegio y vestuarios aparte en el campo de deportes, antes, mucho antes, en los tiempos de Miguel Cané, en los tiempos del profesor Amadeo Jacques, sencillamente no existía. El colegio era todo una misma cosa, era todo de varones. Entonces con toda seguridad las actividades transcurrían de manera más sosegada, o por lo menos eso presume ahora, en el estado de distracción que la gana hacia el final del segundo recreo de la tarde, la preceptora de tercero décima, a quien todos conocen por María Teresa sin sospechar que en su casa, a la noche, le dicen Marita."

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Lucy

Feliz cumpleaños.


(porque acá son las ocho, pero allá son las doce en punto que, por lo demás, es una buena hora, no?)

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Infracción de tránsito

Resulta que Mónica cruzó un semáforo en rojo. Todo mal.
Resulta también que la citaron por el temita de la multa. Y resulta, finalmente, que la acompañamos Gaby, Marga, dos personas más y yo.
La citación es en una especie de subsuelo. Como un sótano mal ventilado, oscuro y con algo parecido a celdas. Celdas sucias donde hay gente durmiendo en medio de un revuelto de trapos y cosas tiradas. Esa gente no se mueve cuando pasamos por delante de sus celdas, ni el más mínimo ademán de curiosidad. Hay un punto en el que me hacen acordar a las celdas del Dr.Lecter.
Caminamos por ese pasillo oscuro seis personas. Adelante va Mónica. Vamos despreocupadas, pero impresionadas por el lugarcito. Asumimos que la van a cagar a pedos y le van a poner una multa, comentamos que se lo merece por boba.
Llegamos hasta un escritorio al final del pasillo. Detrás de él, cual mesa examinadora, cuatro personas, todas vestidas iguales, una especie de sotana negra. Todos están serios. Todos miran unos papeles que tienen adelante. Ninguno hace el más mínimo gesto cuando nos acercamos y esperamos que nos atiendan.
Mónica se adelante y les dice por qué está ahí. Uno, el del centro, le hace el ademán de que entendió y que ya se ocupa de ella. Ella gira la cabeza hacia nosotros y encoje los hombros. Nosotros atrás murmuramos, medio nos reímos.
En la mesa los cuatro comienzan a deliberar y luego deciden que la pena que le toca a Mónica es la de muerte.
Pena de muerte por cruzar un semáforo en rojo.
Ni Mónica ni nosotros entendemos nada. Ella se ríe nerviosa e intenta explicarles que seguro es un error, que ella sólo pasó un semáforo en rojo. El del medio la escucha y luego hace una seña a uno que está paradito cerca para que se la lleven. Nosotros no entendemos nada, no podemos ni siquiera pensar, de repente nos damos cuenta de que fuimos sumamente confiados a un lugar creyendo que no era nada y en realidad sí es grave, muy grave, tan grave como para aplicar pena de muerte sin un puto juicio.
Nos miramos. Alguien empieza a llorar. Nadie entiende nada. A Mónica se la llevan, muda ella por la sorpresa, a no sé dónde.
Despierto.

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